Estimado místico:
usted ha de perdonarme, señor místico,
pero debo hacerle una confesión un tanto complicada. Esta vez me
acerco a usted con descaro y sin humildad, esta vez me acerco más
como un artista y, oiga usted bien lo descarado, es que vengo a
hablarle de nuestra ardua tarea en relación a su facilidad
compositiva.
Y es que creo que en verdad poca es la
diferencia entre usted y Disney. Mientras que uno de ustedes proclama
el final feliz para el príncipe y la princesa, el otro lo hace, en
el mejor de los casos, también para el pobre vagabundo. Recordando
que el Buda Siddharta era también un príncipe de la más alta
nobleza, no estaría del todo seguro a cual de ustedes remite cada
uno de los finales felices. Pero poco nos importa para esta
arremetida irrupción que le estoy ofreciendo. El punto de toda esta
carta que provocativamente le escribo no está tanto en quién es
quien alcanza ese final feliz, sino en el final feliz en sí.
¡Y cuidado! No vaya usted a empezar a
pensar que soy un pobre resentido sin finales felices. Es decir,
puede que lo sea, en verdad no lo sé. Cierto es que muchas veces me
cuesta agradecer y, diríase, final feliz es todo aquel que puede ser
agradecido. Pero no es tanto lo que interesa si creo en los finales
felices o no. Quizás, incluso, el problema aquí no tenga tanto que
ver con la cualidad del final, sino con el final en sí.
Y aquí es donde empiezan los
problemas.
Debo confesarme, primero que nada, un
místico. Sí, creo que a esta altura ya no lo puedo evitar. Soy uno
de estos místicos que, como usted, proclama finales felices a lo
Disney. Y sin embargo, una y otra vez tropiezo con lo mismo: el
comienzo. Y ahí es donde todo lo místico se va al carajo -permítame
usar este tipo de expresiones un tanto más alejadas al espíritu
según algunos, un tanto más cercanas según otros- y comienza
entonces la difícil labor del verdadero artista.
Digamos que su labor es dentro de todo
fácil: trazar posibles mapas hacia ese extático y feliz momento de
la así llamada “iluminación”. Podemos darle el nombre que
querramos: plenitud, salud, encuentro, amor, Dios, expiación... pero
siempre se trata de ese curioso momento de ser uno con la vida, y
todo eso que hace milenios vienen describiendo. Si alguien quisiera
uno de estos prácticos mapas, no dude en consultarme, tengo libros y
prácticas para ofrecerle al por mayor.
Y así Disney nos propone lo mismo:
algunas complicaciones iniciales, pero luego al final siempre el
feliz beso de la dama y el caballero, el amor verdadero y el
“vivieron felices para siempre”. Casi tanto como la iluminación.
Tanto Disney como usted, señor místico, eligen acabar su historia
en un fácil momento literario. Un cierre perfecto, prolijo,
inequívoco.
Y sin embargo, tengo la sensación de
que todo gran artista, allí donde usted ve un final, él ve un
comienzo. Porque es fácil asumir alguna que otra dificultad en
vistas de un futuro tan absoluto. Pero, ¿qué hay del después?
¿Acaso usted, luego de aquel momento de absoluta unidad, no siguió
cagando, señor místico? ¿Acaso dejó de cantar, de amar, de lavar
la ropa? ¿Puede afirmar incluso con total veracidad que nunca más
ha sentido ni la más mínima pizca de resentimiento, ingratitud o
soberbia? Déjeme al menos desconfiar.
Pues a menos que haya abandonado su
corporalidad, de la caca y de la ropa sucia no se salva nadie. Y
diría que tampoco del deseo, aunque me atrevo con toda honestidad a
dudarlo.
Señor místico: creo que hoy son
muchos los que han descubierto al menos una pizca de esa plenitud de
la que tanto vienen hablando. Creo que varios han tenido sus momentos
de realización absoluta. Podría incluirme en ese grupo bastante
seguido. Y sin embargo, luego tengo que lavar la vajilla, arreglar la
goma pinchada de la bici o tomarme el subte para ir a algún festival
de poesía.
E imaginemos por un momento que todas
estas vanalidades de la vida cotidiana lo tienen sin cuidado, o bien
porque alguien lo hace por usted, o bien simplemente porque el estado
interior de su alma refleja la iluminación en cada uno de sus actos.
Incluso si así fuera, señor místico, que usted ha trascendeido
toda la gilada humana: ¿de qué le sirve al pobre humano, enredado
aún en sus deseos, oír sus relatos de trascendencia?
Y aquí es donde mi divergencia se hace
ya total. Porque ¿quién si no el artista, con su corazón
desgarrado y abierto por la luz, el amor y el dolor, tiene la ardua
tarea de darle vida a todo este después?
Es el artista aquel que embebido de
misterio, de amor y de dolor, decide desnudarse frente al mundo. Una
insoportable desnudez, este admitir que luego de la iluminación
queda en él todo el deseo. Sigue siendo un hombre apasionado y
aprisionado, a pesar de darse cuenta del absurdo de su prisión. Ni
siquiera digamos absurdo, digamos, incluso, inexistencia.
Y así es el artista quien vive en sus
prisiones inexistentes, como todos los otros humanos, pero a
diferenca de muchos otros, ¡tan consciente de su prisión y de su
inexistencia!
Tan insoportablemente consciente de sus
virtudes como de sus defectos, sigue cerca de todo aquello que lo
transforma en humano.
Y yo no le niego, señor místico, que
seamos el instrumento de una naturaleza que nos trasciende. Me dedico
fervientemente a seguir aprendiendo a confiar en la inteligencia de
la vida, del universo, del planeta. Entreno la confianza cada día,
cada día practico el amor. No, no se trata de negar nada de todo
esto. Esta carta es una simple crítica a su estilo literario, no a
su vida ni a sus costumbres ni a sus verdades.
Expongo aquí, con total descortesía y
soberbia, mis argumentos en contra de su recurso compositivo, a
saber, el cierre, lo acabado, lo definitivo.
Le agradecería, señor místico, que
tampoco tome tan en serio lo que aquí le expongo. Como le decía al
principio, yo también soy un místico irremediable. Si me permito
esta cuota de humor -al menos intento de humor- es porque en mí
existe también este irremediable deseo de un final -feliz, infeliz,
lo que sea, pero al menos final-. Y sin embargo, me veo en la tarea
de contarle a la gente -entre la cual por supuesto me incluyo-, señor
místico, que ese final tal vez sea sólo el anhelo más profundo del
hombre.
O quizás no, en verdad no lo sé. No
sé si el hombre anhela más acabar con su humanidad en esta
culminación que algunos llaman iluminación, o perpetuar su
humanidad. Y tal vez por eso sea que continúa sufriendo y sufriendo:
para no asumirse de una vez parte de esa sagrada inteligencia que nos
trasciende. Sea como sea, el resultado sigue siendo el mismo,
curiosamente.
Yo, por ejemplo, como le decía, sigo
aquí preso de toda esta humanidad. Y aunque la comprendo absurda, el
gozo cabal de sentirme vivo y humano es más fuerte hoy que el deseo
de trascender mi humanidad. Y es que no me permito hoy creer, señor
místico, que el único sentido del deseo fuera el de sublimarlo o
trascenderlo. No me lo permito, señor místico. Si el fuego de toda
esta pasión sigue encendido, estoy absolutamente convencido de que
tiene que tener otro sentido, aunque aún no sepa bien cuál.
(En verdad no estoy convencido. Por eso
le escribo esta carta, señor místico. Porque sigo deseando, sigo
teniendo este impulso creador cada mañana, estas ganas de escribir,
cantar, coger, dibujar, conversar, hacer planes, hacer sillas, dar
cursos, y quién sabe cuántas otras cosas con las que cada mañana
me encuentro. La realidad es que no estoy convencido. Quizás una
gran parte en mí sostiene fervientemente que todo esto debe ser
superado, que toda esta creatividad es absurda siendo yo el que está
siendo creado por la vida. Pero hay esta idea, esta única idea que
me permite continuar... este ser yo mismo parte de la vida que crea
vida. Porque como le decía, señor místico, este pobre artista aún
necesita agarrarse de algo frente a tanto abismo.)
Mientras le escribo esta carta derramé
el mate que estoy tomando. Dado que no conozco su nacionalidad, le
cuento que el mate es una bebida muy común en Argentina, casi todos
toman mate aquí (excepto tres casos muy curiosos: aquellos que
padecen de acidez, aquellos que por alguna extraña razón no
disfrutan su sabor y... por supuesto, los místicos y su salud
inquebrantable.) Pero le decía que derramé la yerba contenida en el
recipiente donde cebo el agua, y ahora está en el piso. Eso implica
que al finalizar esta carta deberé levantarme y barrer con una
escoba esto que ahora está en el suelo. ¿Entiende lo que quiero
decir?
Es que terminaré de escribir esta
carta, pero la vida continúa y continúa y continúa. Deberé barrer
la yerba, luego quizás cante o comience a arreglar las benditas
sillas o Dios sabe qué es lo que haré. Tal vez incluso simplemente
me quede contemplando el hermoso día soleado por la ventana. Pero
incluso esta contemplación será algo, y tal vez emerja algún dolor
o alguna lágrima de amor o ¡quién sabe! Pero la vida seguirá
sucediendo. Y así como nadie habla de la dificultad vincular que le
sigue a los finales felices de Disney excepto los condenados
artistas, nadie habla tampoco de la dificultad vincular que le sigue
a los finales felices que usted, mi querido amigo místico, en sus
biblias -antiguas o modernas- propone.
Y aquí estamos nosotros los artistas,
que seguimos viendo en su final nuestro comienzo, y seguimos
compartiendo también nuestras miserias y deseos, tanto como nuestro
amor.
Es por eso que sigue siendo la desnudez
del artista y no su trascendencia lo que a mí me conmueve, señor
místico. Y siendo yo un artista místico, esta es mi eterna puja,
entre mi cruda desnudez, tan estúpida como mi gran trascendencia.
Entre una estupidez y otra convivo. Y tal vez mañana le escriba una
carta al señor artista, hablándole de lo agotador de su eterno
lamento de telenovela, o de lo absurdamente grandilocuente de su
amor.
Pero hoy le escribo a usted, señor
místico, espero lo sepa entender. Es que me levanté ardiente de
deseo y de amor y, como le decía, no tengo más opción que
desnudarme.
Le agradezco profundamente su tiempo.
Con bastante soberbia y bastante amor,
siempre suyo,
Marcos
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