lunes, 21 de agosto de 2017

Carta a un místico

Estimado místico:

usted ha de perdonarme, señor místico, pero debo hacerle una confesión un tanto complicada. Esta vez me acerco a usted con descaro y sin humildad, esta vez me acerco más como un artista y, oiga usted bien lo descarado, es que vengo a hablarle de nuestra ardua tarea en relación a su facilidad compositiva.

Y es que creo que en verdad poca es la diferencia entre usted y Disney. Mientras que uno de ustedes proclama el final feliz para el príncipe y la princesa, el otro lo hace, en el mejor de los casos, también para el pobre vagabundo. Recordando que el Buda Siddharta era también un príncipe de la más alta nobleza, no estaría del todo seguro a cual de ustedes remite cada uno de los finales felices. Pero poco nos importa para esta arremetida irrupción que le estoy ofreciendo. El punto de toda esta carta que provocativamente le escribo no está tanto en quién es quien alcanza ese final feliz, sino en el final feliz en sí.

¡Y cuidado! No vaya usted a empezar a pensar que soy un pobre resentido sin finales felices. Es decir, puede que lo sea, en verdad no lo sé. Cierto es que muchas veces me cuesta agradecer y, diríase, final feliz es todo aquel que puede ser agradecido. Pero no es tanto lo que interesa si creo en los finales felices o no. Quizás, incluso, el problema aquí no tenga tanto que ver con la cualidad del final, sino con el final en sí.

Y aquí es donde empiezan los problemas.

Debo confesarme, primero que nada, un místico. Sí, creo que a esta altura ya no lo puedo evitar. Soy uno de estos místicos que, como usted, proclama finales felices a lo Disney. Y sin embargo, una y otra vez tropiezo con lo mismo: el comienzo. Y ahí es donde todo lo místico se va al carajo -permítame usar este tipo de expresiones un tanto más alejadas al espíritu según algunos, un tanto más cercanas según otros- y comienza entonces la difícil labor del verdadero artista.

Digamos que su labor es dentro de todo fácil: trazar posibles mapas hacia ese extático y feliz momento de la así llamada “iluminación”. Podemos darle el nombre que querramos: plenitud, salud, encuentro, amor, Dios, expiación... pero siempre se trata de ese curioso momento de ser uno con la vida, y todo eso que hace milenios vienen describiendo. Si alguien quisiera uno de estos prácticos mapas, no dude en consultarme, tengo libros y prácticas para ofrecerle al por mayor.

Y así Disney nos propone lo mismo: algunas complicaciones iniciales, pero luego al final siempre el feliz beso de la dama y el caballero, el amor verdadero y el “vivieron felices para siempre”. Casi tanto como la iluminación. Tanto Disney como usted, señor místico, eligen acabar su historia en un fácil momento literario. Un cierre perfecto, prolijo, inequívoco.

Y sin embargo, tengo la sensación de que todo gran artista, allí donde usted ve un final, él ve un comienzo. Porque es fácil asumir alguna que otra dificultad en vistas de un futuro tan absoluto. Pero, ¿qué hay del después? ¿Acaso usted, luego de aquel momento de absoluta unidad, no siguió cagando, señor místico? ¿Acaso dejó de cantar, de amar, de lavar la ropa? ¿Puede afirmar incluso con total veracidad que nunca más ha sentido ni la más mínima pizca de resentimiento, ingratitud o soberbia? Déjeme al menos desconfiar.

Pues a menos que haya abandonado su corporalidad, de la caca y de la ropa sucia no se salva nadie. Y diría que tampoco del deseo, aunque me atrevo con toda honestidad a dudarlo.

Señor místico: creo que hoy son muchos los que han descubierto al menos una pizca de esa plenitud de la que tanto vienen hablando. Creo que varios han tenido sus momentos de realización absoluta. Podría incluirme en ese grupo bastante seguido. Y sin embargo, luego tengo que lavar la vajilla, arreglar la goma pinchada de la bici o tomarme el subte para ir a algún festival de poesía.

E imaginemos por un momento que todas estas vanalidades de la vida cotidiana lo tienen sin cuidado, o bien porque alguien lo hace por usted, o bien simplemente porque el estado interior de su alma refleja la iluminación en cada uno de sus actos. Incluso si así fuera, señor místico, que usted ha trascendeido toda la gilada humana: ¿de qué le sirve al pobre humano, enredado aún en sus deseos, oír sus relatos de trascendencia?

Y aquí es donde mi divergencia se hace ya total. Porque ¿quién si no el artista, con su corazón desgarrado y abierto por la luz, el amor y el dolor, tiene la ardua tarea de darle vida a todo este después?

Es el artista aquel que embebido de misterio, de amor y de dolor, decide desnudarse frente al mundo. Una insoportable desnudez, este admitir que luego de la iluminación queda en él todo el deseo. Sigue siendo un hombre apasionado y aprisionado, a pesar de darse cuenta del absurdo de su prisión. Ni siquiera digamos absurdo, digamos, incluso, inexistencia.

Y así es el artista quien vive en sus prisiones inexistentes, como todos los otros humanos, pero a diferenca de muchos otros, ¡tan consciente de su prisión y de su inexistencia!

Tan insoportablemente consciente de sus virtudes como de sus defectos, sigue cerca de todo aquello que lo transforma en humano.

Y yo no le niego, señor místico, que seamos el instrumento de una naturaleza que nos trasciende. Me dedico fervientemente a seguir aprendiendo a confiar en la inteligencia de la vida, del universo, del planeta. Entreno la confianza cada día, cada día practico el amor. No, no se trata de negar nada de todo esto. Esta carta es una simple crítica a su estilo literario, no a su vida ni a sus costumbres ni a sus verdades.

Expongo aquí, con total descortesía y soberbia, mis argumentos en contra de su recurso compositivo, a saber, el cierre, lo acabado, lo definitivo.

Le agradecería, señor místico, que tampoco tome tan en serio lo que aquí le expongo. Como le decía al principio, yo también soy un místico irremediable. Si me permito esta cuota de humor -al menos intento de humor- es porque en mí existe también este irremediable deseo de un final -feliz, infeliz, lo que sea, pero al menos final-. Y sin embargo, me veo en la tarea de contarle a la gente -entre la cual por supuesto me incluyo-, señor místico, que ese final tal vez sea sólo el anhelo más profundo del hombre.

O quizás no, en verdad no lo sé. No sé si el hombre anhela más acabar con su humanidad en esta culminación que algunos llaman iluminación, o perpetuar su humanidad. Y tal vez por eso sea que continúa sufriendo y sufriendo: para no asumirse de una vez parte de esa sagrada inteligencia que nos trasciende. Sea como sea, el resultado sigue siendo el mismo, curiosamente.

Yo, por ejemplo, como le decía, sigo aquí preso de toda esta humanidad. Y aunque la comprendo absurda, el gozo cabal de sentirme vivo y humano es más fuerte hoy que el deseo de trascender mi humanidad. Y es que no me permito hoy creer, señor místico, que el único sentido del deseo fuera el de sublimarlo o trascenderlo. No me lo permito, señor místico. Si el fuego de toda esta pasión sigue encendido, estoy absolutamente convencido de que tiene que tener otro sentido, aunque aún no sepa bien cuál.

(En verdad no estoy convencido. Por eso le escribo esta carta, señor místico. Porque sigo deseando, sigo teniendo este impulso creador cada mañana, estas ganas de escribir, cantar, coger, dibujar, conversar, hacer planes, hacer sillas, dar cursos, y quién sabe cuántas otras cosas con las que cada mañana me encuentro. La realidad es que no estoy convencido. Quizás una gran parte en mí sostiene fervientemente que todo esto debe ser superado, que toda esta creatividad es absurda siendo yo el que está siendo creado por la vida. Pero hay esta idea, esta única idea que me permite continuar... este ser yo mismo parte de la vida que crea vida. Porque como le decía, señor místico, este pobre artista aún necesita agarrarse de algo frente a tanto abismo.)

Mientras le escribo esta carta derramé el mate que estoy tomando. Dado que no conozco su nacionalidad, le cuento que el mate es una bebida muy común en Argentina, casi todos toman mate aquí (excepto tres casos muy curiosos: aquellos que padecen de acidez, aquellos que por alguna extraña razón no disfrutan su sabor y... por supuesto, los místicos y su salud inquebrantable.) Pero le decía que derramé la yerba contenida en el recipiente donde cebo el agua, y ahora está en el piso. Eso implica que al finalizar esta carta deberé levantarme y barrer con una escoba esto que ahora está en el suelo. ¿Entiende lo que quiero decir?

Es que terminaré de escribir esta carta, pero la vida continúa y continúa y continúa. Deberé barrer la yerba, luego quizás cante o comience a arreglar las benditas sillas o Dios sabe qué es lo que haré. Tal vez incluso simplemente me quede contemplando el hermoso día soleado por la ventana. Pero incluso esta contemplación será algo, y tal vez emerja algún dolor o alguna lágrima de amor o ¡quién sabe! Pero la vida seguirá sucediendo. Y así como nadie habla de la dificultad vincular que le sigue a los finales felices de Disney excepto los condenados artistas, nadie habla tampoco de la dificultad vincular que le sigue a los finales felices que usted, mi querido amigo místico, en sus biblias -antiguas o modernas- propone.

Y aquí estamos nosotros los artistas, que seguimos viendo en su final nuestro comienzo, y seguimos compartiendo también nuestras miserias y deseos, tanto como nuestro amor.

Es por eso que sigue siendo la desnudez del artista y no su trascendencia lo que a mí me conmueve, señor místico. Y siendo yo un artista místico, esta es mi eterna puja, entre mi cruda desnudez, tan estúpida como mi gran trascendencia. Entre una estupidez y otra convivo. Y tal vez mañana le escriba una carta al señor artista, hablándole de lo agotador de su eterno lamento de telenovela, o de lo absurdamente grandilocuente de su amor.

Pero hoy le escribo a usted, señor místico, espero lo sepa entender. Es que me levanté ardiente de deseo y de amor y, como le decía, no tengo más opción que desnudarme.

Le agradezco profundamente su tiempo.

Con bastante soberbia y bastante amor, siempre suyo,


Marcos

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