domingo, 23 de julio de 2017

Excitados por el misterio

Los arquetipos parecen ser poderosos espejos donde el psiquismo humano puede reflejarse. La identidad busca refugiarse en alguno de estos arquetipos, creándose un “aliado” inconsciente para su afirmación. Al encontrar este aliado, en la instancia madurativa en la que se encuentra actulmente el homo sapiens, precisa hacer un recorte. El sistema se deja poseer por este arquetipo, creando una perspectiva rígida y simplificada acerca de la realidad. Todo aquello que quede por fuera, será negado, juzgado y excluido.

Sin embargo, los arquetipos pueden ser también poderosas imágenes que nos reflejen todo aquello que inconscientemente, en el primer despliegue de nuestro sí mismo, ha quedado excluido. Y es la inteligencia de la vida que constantemente intenta ponernos frente a aquellos fragmentos de nuestra alma que han quedado desplazados. Todo instante parece estar entonces perfectamente configurado para que podamos descubrir y comenzar a validar aquellas partes de nosotros mismos que han quedado confinadas, trayéndonos esta información a través de cada experiencia y de cada vínculo.

Luego depende de cada uno, del deseo de cada uno, de aquello que le apasione. Parecería que hasta el día de hoy, la mayor parte de los cuerpos con potencial de consciencia que vienen habitando la tierra, han puesto su deseo en confirmarse. Esto es, alimentarse de cualquier experiencia que confirme su identidad, el fragmento de sí mismo con el que se siente más cómodo. Pero pareciera que siempre ha existido también aquella excepción que, en lugar de estar apasionada por lo eternamente repetitivo de la personalidad, ha podido abrir también su inteligencia y su deseo hacia aquello que escapa a su control, aquello que permanece misterioso.

Es un traslado de la excitación. Primero ésta está puesta en cumplir aquello que el Yo se había propuesto, en confirmar el deseo y el propósito. Sin embargo, todo deseo del yo está rechazando la voluntad de otras partes de uno mismo. Parecería que el movimiento se produce cuando esta excitación deja de estar puesta en aquello que sea autoconfirmatorio, para poder trasladarse a aquello capaz de integración. A partir de entonces, cada experiencia y cada vínculo pueden transformarse en un puente a uno mismo. Pero a eso que creo que es uno mismo, sino hacia ese uno mismo más amplio, más profundo, que precisa de una dolorosa destrucción de aquello que percibimos como nuestra identidad consciente.


La excitación comienza a dirigirse, pues, a aquello capaz de deshacer la identificación, abriéndonos a esos rincones aún negados de uno mismo.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario