viernes, 1 de abril de 2016

¿Hombres?

¿Hombres?

Definitivamente nunca discutiría que todos, hombres y mujeres, llevamos en nuestro interior tanto energía masculina como femenina, en constante danza e interacción.

Definitivamente nunca discutiría que hay muchísimos hombres presos en la sombra de la masculinidad.

Esta sombra es todo aquello que durante generaciones y generaciones hemos depositado, hombres, en nuestro inconsciente. Es la sensación de que la vulnerabilidad es debilidad, y la debilidad la peor de las ineptitudes. Por negar nuestras emociones, nuestras heridas, hemos gestado una gran violencia hacia el exterior, hacia los hombres -dado que fue nuestro padre el primero en enseñarnos que “los hombres no lloran”, como hacia las mujeres, tal vez por una cierta envidia de que ellas tengan el derecho de manifestar su emocionalidad, tal vez porque al no ver nuestro propio camino, todo lo que nos ha quedado ha sido depender de ellas. Y dependencia es debilidad, y debilidad es la peor de las ineptitudes.

Definitivamente nunca lo discutiría. La sombra de lo masculino está hoy tan presente como en los años 30, o en la edad media. Y este masculino inconsciente se manifiesta cuando no se toma lo femenino, no se integra, no se honra adentro y afuera.

Ese antiguo arquetipo masculino del macho superhéroe, que puede con todo, que es invulnerable, un hombre de hierro, indestructible, sigue aún sumamente vigente. Hombres competitivos, trabajadores, siguen impregnando nuestro inconsciente como ideales masculinos.

Pero si bien todo esto sigue manifiesto, definitivamente no tiene el rol que tenía hace apenas 40 años, incluso en la generación de nuestros padres.

Yo tengo 23 años, nací en el 1992 en un contexto donde el ideal masculino venía en debacle hacia ya muchísimos años, por lo menos 20. Nací en un contexto donde ya nadie tenía idea de qué significaba ser hombre.

Si bien nací en un mundo donde existía más registro acerca de la emocionalidad del hombre, también sufrí en el colegio lo que hablaba antes. Mis compañeros me burlaban por mi sensibilidad que, aunque bien acogida por mis padres en casa, nunca encontró su lugar frente a mis pares. Así, una falza fuerza fue intentando imponerse. En casa fui poeta y músico desde los 12 años. Recién a los 16 compartí con una novia de ese entonces mis poemas. Recién a los 17 con otros varones, para quienes mi poesía era motivo de burla. Recién a los 18 con otros varones, que celebraron mi poesía, que también eran poetas.

Cuando el primer varón celebró mi poesía, dejé salir toda esa feminidad que me había encargado de encajonar en los ámbitos sociales, aunque reconocida en casa. Y para cuando me quise dar cuenta, era el típico muchacho New Age: una voz suave, una actitud suave, preocupado por la ecología, vegano, amoroso con todos -incluso con las nuevas caras que la violencia de otros hombres iba tomando, ya no compañeros del secundario sino desconocidos en la internet, que reaccionaban ante mis posts en facebook tan “espirituales”, insultándome, defenestrándome.

Definitivamente nunca discutiría que la sombra de lo masculino sigue aún vigente, que hay muchísimos ámbitos sociales donde los hombres siguen negando su femenino y, por ello, manifestando lo peor de su masculino. Lo viví en carne propia, desde los 11 hasta los 18 años. Pero una vez que entré en contacto con el ámbito espiritualoide, a mis 18 años, comencé a explorar un contexto absolutamente diferente.

Y es por eso que me centro tanto, en lo que escribo y en los talleres acerca de masculinidad que doy, en el hombre castrado.

El hombre castrado es aquel que, habiendo reconocido su femenino, comenzó a negar su masculino.

Insisto en que para que exista un masculino consciente, y no toda la mierda de lo masculino que durante mucho tiempo hemos visto, es necesario que se acepte y se honre lo femenino, que se explore y no se tenga miedo de manifestar -o no tenga miedo de manifestar el miedo. Para que haya un masculino consciente, es necesario ver la herida y poder abrirla, poder expresarla y exponerla -no ante cualquiera, como yo hice, sino ante aquellos que realmente se hayan ganado nuestra confianza.

El hombre castrado

Los hombres de mi generación hemos nacido en un contexto donde ya nadie sabía que significaba ser hombre, donde lo femenino en el hombre ya podía tener su lugar. Pero nacimos en un contexto también muy devastado por la sombra masculina que durante generaciones y generaciones se había manifestado. Crecimos, la mayoría, educados por nuestras madres, muchas veces por padres perdidos, desorientados, blandos. Crcecimos sin nadie que nos inicie, nadie que nos reconozca realmente por lo que somos. Crecimos sin una imágen masculina capaz de guiarnos, de transmitirnos un oficio o un camino. Crecimos solos, creando nuestras propias iniciaciones, como expone Robert Bly, con drogas y peleas.

Soy de una generación en la cual las cualidades masculinas de fuerza, dirección, decisión, humor, furia, pasión, desafío, lucha, límite, disciplina, ya no son el ideal que eran para mis abuelos, sino que se parecen más bien a malas palabras.

Muchas de estas cualidades pueden ser tal vez expresadas por mujeres, y eso está bien, porque ellas no tienen la carga y la culpa que los hombres llevamos por todo el daño que hemos creado en el pasado, cuando nuestro femenino permanecía inconsciente, cuando estas cualidades surgían desde la sombra y el miedo. Muchos hombres de mi generación llevamos con nosotros kilos y kilos de culpa, y esta culpa duele. Y muchos hombres de mi generación descubrimos que manifestando esas cualidades masculinas, la madre nos reprocha, el padre no nos entiende. Y un día, descubrimos que expresando nuestras cualidades femeninas, la sociedad nos acepta. Así como antes quería hombres fuertes y seguros, decididos y confiados, pareciera que hoy es más preciado el hombre sensible, vulnerable. ¡Y benditos sean estos hombres!

Pero si algo he visto en los talleres de masculinidad que guío hace ya varios años, si algo he visto en mí mismo y en mis amigos más íntimos, es el gran miedo que tenemos a nuestra energía masculina. Tenemos un profundo temor a manifestar las cualidades antes nombradas, tememos que si las manifestamos las mujeres dejen de querernos, los hombres nos vean como una amenaza y se alejen. Tememos terriblemente expresar nuestra totalidad, relegando esta vez lo masculino a segundo plano. Estamos castrados, muchachos, nos cortaron las bolas.

O más bien, creo que ya estamos a tiempo de decirlo: nosotros mismos nos cortamos las bolas. Es cierto que estábamos solos, es cierto que no supimos cómo, es cierto que, al conectar con nuestro femenino, encontramos una cierta calma, algo que creímos parecido a la paz. Pero esta paz no era paz, era ausencia de energía. Confundimos ausencia de energía con quietud interior. Fuimos castrándonos cada día un poco más, descartando cada día un poco más nuestras cualidades masculinas, volviéndonos hombres sensibles y sonrientes, amorosos y sutiles. Pero si de repente es necesaria la fuerza, no tenemos idea como aplicarla. Si estuvieran violando a una mujer delante nuestro, no sabríamos defenderla. Intentaríamos hablar amablemente con el violador, o abrazarlo. Pero hay veces en que la violencia es sana, hay veces en que es indispensable poner un límite.

Nuestra generación, muchachos, no sabe bien cómo ni cuándo es necesario poner límites, cómo ni cuándo es necesaria la fuerza, cómo ni cuándo es necesaria la pasión o el humor. Y así como también es necesario reconocer nuestros miedos y honrarlos, permitirnos sentir tristeza, es necesario que aprendamos de nuestra ira y de nuestra furia, de nuestra pasión y de nuestra misión.

¿Por qué le hablo a los hombres?

Porque los hombres somos los que cargamos con casi toda la culpa de lo masculino. Aunque las mujeres también tengan energía masculina adentro, somos nosotros los que hemos manifestado durante tanto tiempo su sombra, dañando. Es sorprendente la cantidad de veces que en los talleres se habla del “miedo a lastimar”, del miedo a manifestar nuestra energía masculina.

Y ahí andamos, desconociendo nuestro propósito, nuestra misión, perdidos, desorientados y confundidos. Creemos que estamos aprendiendo a “fluir”, pero estamos muriendo, estamos transformándonos en zombies. No conocemos nuestro propósito, no sabemos honrarlo, no sabemos honrar a la tierra, no sabemos honrarnos. Hablamos acerca de la vida, creemos que defendemos la vida por ser veganos o ecologistas, pero estamos muriendo cada día un poco más al rechazar toda nuestra fuerza. Día a día, nos volvemos menos vitales, aunque creamos que estamos a favor de la vida.

Por eso trato de hablar con los hombres de mi generación, por eso trato de que juntos redescubramos el significado acerca de ser hombres. Ya sabemos que no se trata de ser un macho cabrío. Pero tampoco se puede tratar de castrar totalmente nuestra masculinidad, para manifestar únicamente nuestra energía femenina. Definitivamente, NO.

A mis 20 años, caí en depresión. Entonces, cunado ya todo había perdido su sentido, apareció en mi vida el Tantra, y apareció un camino de masculinindad consciente de la mano de mi maestro, Eduardo Socolovsky, a quien le estoy y le estaré eternamente agradecido. Y lo primero que tuve que recuperar, para salir de la cama, para encontrar un sentido a todo esto, fue un propósito. Y para esto, golpié y golpié a un almohadón durante un mes hasta que una fuerza totalmente olvidad, relegada, comenzó a volver.

No hablo de un propósito como el de nuestros abuelos, para quienes el resultado era todo lo que importaba, no una lucha incesante por llegar a un lugar creyendo que ahí está la felicidad, sino un faro, una luz en la orilla que le de un rumbo a este barco. Si no tenemos un pr
opósito, naufragamos.

Por eso es que hablo de volver a ser hombres. No porque esté a favor de la masculinidad inconsciente, no porque crea que hay que negar nuestra sensibilidad. Hablo de ser hombres, con nuestra sensibilidad, con nuestra vulnerabilidad, y también con nuestros huevos bien puestos.

¡Hablo de volver a ser hombres, carajo! Hablo de redescubrir la disciplina, el propósito, la lucha, la pasión, como fuentes de inspiración. Hablo de volver a honrar a ese hombre salvaje que nos habita, ese gigante peludo que vivía en las cavernas y ahora vive en las ciudades, y muchas veces trata de ocultar sus pelos. Pero somos peludos, carajo, y tenemos huevos y una pija, y no importa su tamaño, no importa si es más grande que la del de al lado o más chica, importa que ahí está, y que necesita ser honrada, tanto como nuestro corazón.

Hablo de volver a honrar también nuestra masculinidad, porque así como no podíamos honrarla cunado no conocíamos nuestro lado femenino, tampoco es cierto que podemos honrar el femenino sin reconocer al masculino que llevamos dentro. No podemos seguir suicidándonos, desangrándonos y perdiendo la enregía por el agujero que queda en el lugar de nuestros huevos cortados.

Hablo de recuperar lo perdido. Y podemos seguir siendo músicos y poetas, sensibles, amorosos... pero con los huevos bien puestos. Sólo así podremos ser realmente respetuosos y atentos para con la mujer y con la tierra, para con otros hombres. Sólo así podremos honrar a nuestros ancestros. Sólo así podremos realmente vivir al servicio, pues para estar al servicio no podemos seguir descartando cualidades nuestras.

Hablo de ser, con todas las letras, un VARÓN.

Quiero gritar a viva voz que


SOY UN WERTHEIMER!

1 comentario:

  1. Hola Marcos!
    es un oasis para este mundo hombres con esa consciencia que destilas en cada palabra.
    como mujer con un fuerte femenino, ando en el camino de conciliar mi guerrera para como bien indicas no venga de manera "jodida" como destino, quizas al decirte que soy asc en aries quede mas claro el concepto! jajaja
    Compartirnos con los demas para reconciliarnos con ese masculino y femenino dentro, es una invitacion para cada uno y una aventura y desafio!!! en eso andamos!! gracias por estar en el camino y alumbrar a quienes estan cerca! te abrazo! devi

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