Los arquetipos parecen ser poderosos
espejos donde el psiquismo humano puede reflejarse. La identidad
busca refugiarse en alguno de estos arquetipos, creándose un
“aliado” inconsciente para su afirmación. Al encontrar este
aliado, en la instancia madurativa en la que se encuentra actulmente
el homo sapiens, precisa hacer un recorte. El sistema se deja poseer
por este arquetipo, creando una perspectiva rígida y simplificada
acerca de la realidad. Todo aquello que quede por fuera, será
negado, juzgado y excluido.
Sin embargo, los arquetipos pueden ser
también poderosas imágenes que nos reflejen todo aquello que
inconscientemente, en el primer despliegue de nuestro sí mismo, ha
quedado excluido. Y es la inteligencia de la vida que constantemente
intenta ponernos frente a aquellos fragmentos de nuestra alma que han
quedado desplazados. Todo instante parece estar entonces
perfectamente configurado para que podamos descubrir y comenzar a
validar aquellas partes de nosotros mismos que han quedado
confinadas, trayéndonos esta información a través de cada
experiencia y de cada vínculo.
Luego depende de cada uno, del deseo de
cada uno, de aquello que le apasione. Parecería que hasta el día de
hoy, la mayor parte de los cuerpos con potencial de consciencia que
vienen habitando la tierra, han puesto su deseo en confirmarse. Esto
es, alimentarse de cualquier experiencia que confirme su identidad,
el fragmento de sí mismo con el que se siente más cómodo. Pero
pareciera que siempre ha existido también aquella excepción que, en
lugar de estar apasionada por lo eternamente repetitivo de la
personalidad, ha podido abrir también su inteligencia y su deseo
hacia aquello que escapa a su control, aquello que permanece
misterioso.
Es un traslado de la excitación.
Primero ésta está puesta en cumplir aquello que el Yo se había
propuesto, en confirmar el deseo y el propósito. Sin embargo, todo
deseo del yo está rechazando la voluntad de otras partes de uno
mismo. Parecería que el movimiento se produce cuando esta excitación
deja de estar puesta en aquello que sea autoconfirmatorio, para poder
trasladarse a aquello capaz de integración. A partir de entonces,
cada experiencia y cada vínculo pueden transformarse en un puente a
uno mismo. Pero a eso que creo que es uno mismo, sino hacia ese uno
mismo más amplio, más profundo, que precisa de una dolorosa
destrucción de aquello que percibimos como nuestra identidad
consciente.
La excitación comienza a dirigirse,
pues, a aquello capaz de deshacer la identificación, abriéndonos a
esos rincones aún negados de uno mismo.