Tantra,
el arte de los vínculos
En esta sociedad en
la cual hemos sido educados, sólo sabemos luchar. Desde pequeños
que se comienza a formar en nuestra mente la idea de que algo está
mal en nosotros, de que algo debemos corregir para madurar, o ser
adultos, o al menos para ser pequeños inteligentes, sanos y
virtuosos. Así a lo largo de nuestra infancia, vamos reemplazando
creatividad y espontaneidad por ideales y conceptos acerca de cómo
debemos ser, cómo debemos comportarnos, qué es ser un buen chico, e
infinidad de etiquetas que luego cargaremos el resto de nuestra vida.
Es por eso que el
niño comienza a crear estrategias, a vestir máscaras y disfraces
que se adecuen a los ideales de mamá y papá: de esa forma, intuye
el pequeño, ellos me van a querer. Y así es como a lo largo del
tiempo comenzamos a alejarnos cada vez más de lo que realmente
somos, del brillo único que cada uno vino a aportar al sistema
humano y natural en el cual nació. Ocultamos nuestra vulnerabilidad
en capas y capas de corazas, como explica Krishnananda, discípulo de
Osho, en un maravilloso libro titulado De la codependencia a la
libertad.
Y entonces en algún
momento, ya adultos, descubrimos que no tenemos ni idea de quiénes
somos. Sólo alcanzamos a identificarnos con esa coraza, sin siquiera
reconocer que tan sólo son mecanismos inconscientes para reclamar el
amor de papá y mamá, proyectado luego en todos los vínculos
futuros.
Podemos dar lástima,
o mostrarnos fuertes e insensibles, o santos o rebeldes... infinitas
son las estrategias para conquistar el amor del otro, para no sentir
las heridas que guardamos adentro, heridas de abandono, de rechazo,
de inadecuación, de incomprensión y, más profundo aún, el temor
al vacío y a la muerte.
El Tantra es
consciente de estos mecanismos humanos, potenciados por el sistema
actual que rige en el mundo. Y la forma de traspasar estos mecanismos
es, primero y ante todo, aceptar que están ahí, aceptando luego
también el dolor que se esconde detrás.
No podemos llegar al Ser sin atravesar previamente la capa de vulnerabilidad, la consciencia de nuestra propia fragilidad. Y para ello, debemos primero tomar consciencia de nuestras estrategias inconscientes de manipulación y control de la realidad en busca, finalmente, del amor. Incluso los seres más despiadados que podamos imaginar, tan sólo buscan este amor que de alguna u otra forma ha sido negado en su infancia -cabe comprender que reconocimiento y atención son dos formas muy refinadas del amor.
No podemos llegar al Ser sin atravesar previamente la capa de vulnerabilidad, la consciencia de nuestra propia fragilidad. Y para ello, debemos primero tomar consciencia de nuestras estrategias inconscientes de manipulación y control de la realidad en busca, finalmente, del amor. Incluso los seres más despiadados que podamos imaginar, tan sólo buscan este amor que de alguna u otra forma ha sido negado en su infancia -cabe comprender que reconocimiento y atención son dos formas muy refinadas del amor.
Pero pongamos la
atención sobre cada uno, sobre quien sea que esté leyendo este
texto. Porque el Tantra no se ocupa ni se ocupará de nadie más que
de uno mismo. El Tantra está proponiendo una revolución, el Tantra
está diciendo que olvidemos de una vez al otro, aquel recipiente en
el cual proyectamos toda nuestra basura: es hora de centrarte en cada
uno.
¿Cuántas veces te
sentiste abandonado o rechazado ante diferentes actitudes de tu
pareja?
Tantra es
aceptación, es una indagación amorosa de la realidad. Es aprender a
no juzgar tu realidad, sea cual sea. Es posible que en múltiples
ocasiones hayamos sentido este abandono o rechazo y, para evitar el
dolor, nos hayamos enojado con nuestra pareja. Comencemos, entonces,
por aceptar esto, por aceptar que hay un niño herido en nuestro
interior que quiere evitar sentir ese dolor y, ante la herida,
comienza a proyectar esa furia en la persona más cercana. Sin
necesidad de juzgarnos por esto. Pero tampoco se trata de defenderlo.
Y este es el punto más importante al cual quería llegar hoy, la
diferencia entre aceptación y defensa.
Aceptación
y defensa
Constantemente
hablamos en el Tantra de aceptación, esto significa, aceptar la
realidad tal y como es, recibirla en su estado puro sin necesidad de
transformarla o comprenderla mentalmente, simplemente dejando que
atraviese como un rayo el corazón y el cuerpo. Sin embargo, la
incomprensión de la noción de aceptación puede llevar a grandes
confusiones, puede llevar a levantar aún más las murallas del ego.
En el caso que
estábamos analizando previamente, la situación en la que se active
alguna de estas heridas del niño interior, hemos dicho que lo
primero y más importante es reconocer y aceptar nuestros mecanismos
inconscientes que se manifiestan, en momentos de dolor, para evitar
sentir el dolor y para manipular el amor del otro en la propia
dirección -como si esto se pudiera-.
En tal situación,
la mayoría de nosotros sólo conoce una respuesta: atacar a quien ha
despertado esta herida. Tal vez creamos que es el otro quien la
generó, cuando en verdad es muy probable que sea una herida que ya
estaba ahí y el otro simplemente volvió a abrir. Tal vez es un
manotazo de ahogado, de quien sabe que se está por hundir en el
océano de la propia sensibilidad donde el ego se ahoga, y busca en
ese ataque olvidarse por un rato de las propias emociones
transformando al otro en dios salvador en el demonio que me ha
hundido.
El Tantra propone
una nueva forma de relacionarse con el otro, con la vida, y con uno
mismo. Propone, en este tipo de situaciones y en cualquier situación,
llevar la consciencia hacia adentro. Invita a permitirse el dolor, la
angustia, todo lo que puede generar el reencuentro con estas heridas
de la infancia, sin necesidad de resistirse o de luchar contra ellas.
Porque todo esto es lo que somos, todo esto es lo que hemos venido a
experimentar a la Tierra, porque la lucha sólo nos lleva a, tarde o
temprano, a reprimir todas estas emociones y estas emociones
reprimidas tarde o temprano se vuelven enfermedad, física o mental.
En el Tantra es
válido sentir, es válido sentir tristeza tanto como alegría, ira
tanto como placer, odio tanto como amor. El único desafío es, ante
cualquier emoción, recibirla, tomar consciencia de ella, sentirla en
todo el cuerpo, en el corazón, sin necesidad de un análisis mental
al respecto. Simplemente entregarse a ella, transformarse en ella,
ser la emoción. Respirarla profundo por la boca, expresarla, llorar,
golpear almohadones, gritar, reír, gemir de placer... todo esto es
bienvenido cuando del Tantra se trata, siempre y cuando la
consciencia se mantenga hacia dentro. Y así como vino, permitir que
se vaya.
Esta es la
diferencia entre aceptar algo y defenderlo. La aceptación lleva
implícita la transformación. No es que acepte para que se
transforme, no, nada de eso. Simplemente el estado de aceptación
está también abierto a la transformación, porque no se trata de
aceptar algo eterno, sino de aceptar cada vaivén de la vida. Así,
al aceptar la tristeza, no se trata de quedarnos encerrados en ella
eternamente, haciendo de ella un nuevo mecanismo para atraer el amor
del otro a través de la lástima. Aceptar la ira no se trata de
volverla un mecanismo de manipulación del otro, o una vía para
escapar de las propias emociones. Aceptar la alegría no se trata de
negar el dolor, y así. Aceptar significa que, en el momento en que
está sucediendo, en lugar de resistirnos a esa sensación, nos
dejamos caer en ella, nos abrimos y permitimos que nos penetre y nos
transforme, que nos abra de par en par, sin intervención de la
mente. Y cuando deja de suceder, no es que la volvemos a buscar para
seguir sintiéndola... simplemente, aceptamos el nuevo momento con
todo lo que ese nuevo momento traiga.
Pero ante estas
nociones de aceptación, existe el peligro de caer en la defensa. La
defensa sería eternizar aquello que supuestamente estoy aceptando,
como una estructura eterna o intrínseca a lo que soy. Algo así como
un “yo soy así, no me jodas, aceptame así”. En tal contexto, no
se trata de verdadera consciencia o aceptación, sino que es una
nueva estrategia del niño herido para no tener que sentir el dolor,
para no encontrarse con su vulnerabilidad. En lugar de aceptar lo que
somos -y recuerdo una vez más que aceptar implica también aceptar
la transitoriedad de lo que somos, tarde o temprano recibiendo a la
muerte-, reforzamos lo que somos. Utilizamos la supuesta aceptación
para blindarnos aún más, porque “si está bien ser quién soy,
entonces, ¿para qué cambiar?”. Y no se trata de cambiar o no
cambiar, o de que haya un propósito en el cambio, nada de eso.
Simplemente es implícito a la aceptación el cambio, es inevitable
el cambio, y todos los mecanismos del niño interior son, en última
instancia, para evitar el cambio y la muerte -el último gran cambio
que viviremos en esta encarnación-.
Al defender aquello
que somos, lo volvemos rígido. Al aceptarlo, descubrimos nuestra
propia vulnerabilidad, nos volvemos blanditos y permeables a la
transformación.
Y para finalizar,
nos regalo el siguiente cuento:
El discípulo fue a
visitar al maestro en el lecho de muerte.
- “Déjame en
herencia un poco de tu sabiduría”, le pidió.
El sabio abrió la
boca y pidió al joven que se la mirara por dentro
- “¿Tengo
lengua?”
- “Seguro”,
respondió el discípulo.
- “¿Y los
dientes, tengo aún dientes?”
- “No”, replicó
el discípulo. “No veo los dientes.”
- “¿Y sabes por
qué la lengua dura más que los dientes? Porque es flexible. Los
dientes, en cambio, se caen antes porque son duros e inflexibles. Así
que acabas de aprender lo único que vale la pena aprender.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario