martes, 8 de marzo de 2016

Tantra, el arte de los vínculos


En esta sociedad en la cual hemos sido educados, sólo sabemos luchar. Desde pequeños que se comienza a formar en nuestra mente la idea de que algo está mal en nosotros, de que algo debemos corregir para madurar, o ser adultos, o al menos para ser pequeños inteligentes, sanos y virtuosos. Así a lo largo de nuestra infancia, vamos reemplazando creatividad y espontaneidad por ideales y conceptos acerca de cómo debemos ser, cómo debemos comportarnos, qué es ser un buen chico, e infinidad de etiquetas que luego cargaremos el resto de nuestra vida.

Es por eso que el niño comienza a crear estrategias, a vestir máscaras y disfraces que se adecuen a los ideales de mamá y papá: de esa forma, intuye el pequeño, ellos me van a querer. Y así es como a lo largo del tiempo comenzamos a alejarnos cada vez más de lo que realmente somos, del brillo único que cada uno vino a aportar al sistema humano y natural en el cual nació. Ocultamos nuestra vulnerabilidad en capas y capas de corazas, como explica Krishnananda, discípulo de Osho, en un maravilloso libro titulado De la codependencia a la libertad.

Y entonces en algún momento, ya adultos, descubrimos que no tenemos ni idea de quiénes somos. Sólo alcanzamos a identificarnos con esa coraza, sin siquiera reconocer que tan sólo son mecanismos inconscientes para reclamar el amor de papá y mamá, proyectado luego en todos los vínculos futuros.

Podemos dar lástima, o mostrarnos fuertes e insensibles, o santos o rebeldes... infinitas son las estrategias para conquistar el amor del otro, para no sentir las heridas que guardamos adentro, heridas de abandono, de rechazo, de inadecuación, de incomprensión y, más profundo aún, el temor al vacío y a la muerte.

El Tantra es consciente de estos mecanismos humanos, potenciados por el sistema actual que rige en el mundo. Y la forma de traspasar estos mecanismos es, primero y ante todo, aceptar que están ahí, aceptando luego también el dolor que se esconde detrás.

No podemos llegar al Ser sin atravesar previamente la capa de vulnerabilidad, la consciencia de nuestra propia fragilidad. Y para ello, debemos primero tomar consciencia de nuestras estrategias inconscientes de manipulación y control de la realidad en busca, finalmente, del amor. Incluso los seres más despiadados que podamos imaginar, tan sólo buscan este amor que de alguna u otra forma ha sido negado en su infancia -cabe comprender que reconocimiento y atención son dos formas muy refinadas del amor.

Pero pongamos la atención sobre cada uno, sobre quien sea que esté leyendo este texto. Porque el Tantra no se ocupa ni se ocupará de nadie más que de uno mismo. El Tantra está proponiendo una revolución, el Tantra está diciendo que olvidemos de una vez al otro, aquel recipiente en el cual proyectamos toda nuestra basura: es hora de centrarte en cada uno.

¿Cuántas veces te sentiste abandonado o rechazado ante diferentes actitudes de tu pareja?

Tantra es aceptación, es una indagación amorosa de la realidad. Es aprender a no juzgar tu realidad, sea cual sea. Es posible que en múltiples ocasiones hayamos sentido este abandono o rechazo y, para evitar el dolor, nos hayamos enojado con nuestra pareja. Comencemos, entonces, por aceptar esto, por aceptar que hay un niño herido en nuestro interior que quiere evitar sentir ese dolor y, ante la herida, comienza a proyectar esa furia en la persona más cercana. Sin necesidad de juzgarnos por esto. Pero tampoco se trata de defenderlo. Y este es el punto más importante al cual quería llegar hoy, la diferencia entre aceptación y defensa.


Aceptación y defensa

Constantemente hablamos en el Tantra de aceptación, esto significa, aceptar la realidad tal y como es, recibirla en su estado puro sin necesidad de transformarla o comprenderla mentalmente, simplemente dejando que atraviese como un rayo el corazón y el cuerpo. Sin embargo, la incomprensión de la noción de aceptación puede llevar a grandes confusiones, puede llevar a levantar aún más las murallas del ego.

En el caso que estábamos analizando previamente, la situación en la que se active alguna de estas heridas del niño interior, hemos dicho que lo primero y más importante es reconocer y aceptar nuestros mecanismos inconscientes que se manifiestan, en momentos de dolor, para evitar sentir el dolor y para manipular el amor del otro en la propia dirección -como si esto se pudiera-.

En tal situación, la mayoría de nosotros sólo conoce una respuesta: atacar a quien ha despertado esta herida. Tal vez creamos que es el otro quien la generó, cuando en verdad es muy probable que sea una herida que ya estaba ahí y el otro simplemente volvió a abrir. Tal vez es un manotazo de ahogado, de quien sabe que se está por hundir en el océano de la propia sensibilidad donde el ego se ahoga, y busca en ese ataque olvidarse por un rato de las propias emociones transformando al otro en dios salvador en el demonio que me ha hundido.

El Tantra propone una nueva forma de relacionarse con el otro, con la vida, y con uno mismo. Propone, en este tipo de situaciones y en cualquier situación, llevar la consciencia hacia adentro. Invita a permitirse el dolor, la angustia, todo lo que puede generar el reencuentro con estas heridas de la infancia, sin necesidad de resistirse o de luchar contra ellas. Porque todo esto es lo que somos, todo esto es lo que hemos venido a experimentar a la Tierra, porque la lucha sólo nos lleva a, tarde o temprano, a reprimir todas estas emociones y estas emociones reprimidas tarde o temprano se vuelven enfermedad, física o mental.

En el Tantra es válido sentir, es válido sentir tristeza tanto como alegría, ira tanto como placer, odio tanto como amor. El único desafío es, ante cualquier emoción, recibirla, tomar consciencia de ella, sentirla en todo el cuerpo, en el corazón, sin necesidad de un análisis mental al respecto. Simplemente entregarse a ella, transformarse en ella, ser la emoción. Respirarla profundo por la boca, expresarla, llorar, golpear almohadones, gritar, reír, gemir de placer... todo esto es bienvenido cuando del Tantra se trata, siempre y cuando la consciencia se mantenga hacia dentro. Y así como vino, permitir que se vaya.

Esta es la diferencia entre aceptar algo y defenderlo. La aceptación lleva implícita la transformación. No es que acepte para que se transforme, no, nada de eso. Simplemente el estado de aceptación está también abierto a la transformación, porque no se trata de aceptar algo eterno, sino de aceptar cada vaivén de la vida. Así, al aceptar la tristeza, no se trata de quedarnos encerrados en ella eternamente, haciendo de ella un nuevo mecanismo para atraer el amor del otro a través de la lástima. Aceptar la ira no se trata de volverla un mecanismo de manipulación del otro, o una vía para escapar de las propias emociones. Aceptar la alegría no se trata de negar el dolor, y así. Aceptar significa que, en el momento en que está sucediendo, en lugar de resistirnos a esa sensación, nos dejamos caer en ella, nos abrimos y permitimos que nos penetre y nos transforme, que nos abra de par en par, sin intervención de la mente. Y cuando deja de suceder, no es que la volvemos a buscar para seguir sintiéndola... simplemente, aceptamos el nuevo momento con todo lo que ese nuevo momento traiga.

Pero ante estas nociones de aceptación, existe el peligro de caer en la defensa. La defensa sería eternizar aquello que supuestamente estoy aceptando, como una estructura eterna o intrínseca a lo que soy. Algo así como un “yo soy así, no me jodas, aceptame así”. En tal contexto, no se trata de verdadera consciencia o aceptación, sino que es una nueva estrategia del niño herido para no tener que sentir el dolor, para no encontrarse con su vulnerabilidad. En lugar de aceptar lo que somos -y recuerdo una vez más que aceptar implica también aceptar la transitoriedad de lo que somos, tarde o temprano recibiendo a la muerte-, reforzamos lo que somos. Utilizamos la supuesta aceptación para blindarnos aún más, porque “si está bien ser quién soy, entonces, ¿para qué cambiar?”. Y no se trata de cambiar o no cambiar, o de que haya un propósito en el cambio, nada de eso. Simplemente es implícito a la aceptación el cambio, es inevitable el cambio, y todos los mecanismos del niño interior son, en última instancia, para evitar el cambio y la muerte -el último gran cambio que viviremos en esta encarnación-.

Al defender aquello que somos, lo volvemos rígido. Al aceptarlo, descubrimos nuestra propia vulnerabilidad, nos volvemos blanditos y permeables a la transformación.

Y para finalizar, nos regalo el siguiente cuento:

El discípulo fue a visitar al maestro en el lecho de muerte.
- “Déjame en herencia un poco de tu sabiduría”, le pidió.
El sabio abrió la boca y pidió al joven que se la mirara por dentro
- “¿Tengo lengua?”
- “Seguro”, respondió el discípulo.
- “¿Y los dientes, tengo aún dientes?”
- “No”, replicó el discípulo. “No veo los dientes.”
- “¿Y sabes por qué la lengua dura más que los dientes? Porque es flexible. Los dientes, en cambio, se caen antes porque son duros e inflexibles. Así que acabas de aprender lo único que vale la pena aprender.”


No hay comentarios:

Publicar un comentario